El enigma de Jack

Bonnie Reed había ido a buscar refrescos para ella y sus amigas, la excusa perfecta para evitar oírlas deshacerse en halagos sobre Jack y Albert, sus dos mejores amigos. Pensó en ellos cuando echó las monedas en la máquina de detrás del gimnasio. Los imaginó sentados en uno de los bancos del jardín trasero del instituto, hablando de enigmas y misterios sin resolver, comentando hasta la saciedad sus escenas preferidas de las novelas de Sherlock Holmes y poniendo en duda la inteligencia del inspector Lestrade, a quien Jack consideraba un idiota. Albert trataría una vez más de hacerle entender que Lestrade no es más que un humano corriente con la suficiente inteligencia como para recurrir a Holmes a la hora de resolver los casos más difíciles. Y así pasarían horas, sentados en aquél banco, sin dar su brazo a torcer hasta la hora de comer.

Cuando dobló la esquina, se los encontró a lo lejos, cruzando la cancha de baloncesto, ambos con su peculiar y lento caminar y una bolsa de snacks en las manos. Corrió hacia ellos con las latas en las manos y trató de llamar su atención a gritos. Albert, de pelo negro recogido en una pequeña cola y ojos verde musgo, fue el primero en parar, y también el único, pues Jack, pelirrojo y hosco, prosiguió su marcha como si Bonnie no existiera.

—¿Qué hacéis? —preguntó la niña, sin perder la sonrisa.

—Ya sabes, resolver casos —contestó Jack, con la misma indiferencia de siempre, y sin dejar de avanzar patio arriba.

—¡Pero sólo los resuelve él! —se quejó, Albert. Sin embargo, cual perrito faldero, Albert corrió tras la estela de pasos de Jack y se colocó junto a él—. Siempre resolvemos el misterio a la vez. —Miró a Bonnie—. Pero…

—Pero siempre es él quien se lo cuenta al cliente, ¿verdad? —completó Bonnie, mirando inquisitivamente la nuca de Jack. Volvió a centrar la conversación en su otro amigo—. Tendrías que desvelar misterios por tu cuenta.

—Oh, no… Yo no quiero dejar a Jack…

Bonnie suspiró y corrió tras ellos hasta colocarse delante. Caminó de espaldas con los brazos en jarra y muy seria le preguntó a Albert:

—¿Qué querías ser de mayor, Albert?

—¡Detective, como Jack! —El niño sonrió de oreja a oreja y le vibraron las pecas.

—Pues si sigues así sólo conseguirás ser su ayudante. —Bonnie lo señaló con un dedo inquisitivo.

—¡Seré Watson! —Más que decepcionado parecía emocionado.

—Peor. Serás como la señora…, la señora…

—Hudson —intervino Jack, pasando de largo.

—¡Eso! Como la señora Hudson. Te conocerán como «ése que vive con o cerca de Jack Fine».

Albert frenó sus pasos y pareció reflexionar unos instantes. Bonnie sabía bien que, para él, pasar toda la vida al lado de su mejor amigo era más que suficiente, pero también tenía aspiraciones, ambiciones y anhelo de reconocimiento. Ahora mismo no era más que un niño pero en un futuro podría llegar a ser alguien casi tan impresionante como estaba segura de que lo sería Jack.

—¡Lo tengo! —vociferó el niño.

Jack se dio la vuelta y paró en seco. Sus ojos grises contemplaron a Albert como si fuera la primera vez que lo veía y se cruzó de brazos con expresión aburrida.

—¿Un caso?

—¡No! Digo que ya sé qué haré. —Sonrió todavía más—. ¡Seré tu antagonista!

—¿Su qué? —Bonnie pensó que igual hubiese sido mejor no abrir la boca. Jack también lo pensó, pues la mirada crítica que le dedicó lo dejaba todo bien claro.

—¡Crearé nuevos casos para que los resuelvas!

—No seas absurdo, no estoy interesado en acertijos para niños.

—¡Me esforzaré para que sean dignos de tu inteligencia! —insistió, Albert, muy serio.

Bonnie y Jack intercambiaron miradas.

Aquella no fue su mejor idea. La ciudad estaba sumida en el caos, el índice de delincuencia había estado subiendo durante los últimos años y las recientes muertes de civiles inocentes eran el tema principal de cada telediario. No había mañana en que el nombre de Albert Heigl no le revolviera el estómago, ¿y qué podía hacer ella? Seguirle la pista a través de los presentadores del informativo mientras observaba con nerviosismo la taza intacta y a rebosar de café que Jack había dejado sobre la mesa de la cocina hacía ya dos semanas y media. «No lo tires, volveré lo antes posible para tomármelo. Te juro que esta vez me lo tomaré contigo», le había dicho mientras se ponía su larga y grisácea gabardina en el umbral de la puerta, preparado para marcharse.

Sonó el teléfono. Lo cogió y deslizó con rapidez el dedo pulgar hasta el botón verde.

—¿¡Jack!?

—Hola, Bonnie. —Su voz se escuchaba algo distorsionada.

—¡Eso es todo lo que tienes que decirme? Llevas dos semanas fuera de casa, ¿dónde estás?

—Cruzando el canal de la Mancha. Sospecho que la Torre Eiffel será el escenario de nuestro próximo encuentro.

—¡Basta, Jack! Debes parar esto de una vez, deja de perseguirlo y vuelve a casa.

—¡NO! —La chica dio un respingo—. ¿Recuerdas la última vez que me pediste volver? ¿Recuerdas a cuántas personas se llevó por delante sólo por no acudir a su cita?

—Pero, Jack…

—Bonnie, tienes que entender que este juego se le ha ido de las manos. Deja de creer que sigue siendo nuestro Albert porque está claro que ha perdido el juicio.

Bonnie no dijo nada. Era cierto, de nada servía ignorar sus juegos, tampoco intentar hablarle. Se había fijado como meta pasar el resto de su vida sirviéndole a Jack de entretenimiento, quería seguir girando alrededor de su mundo. Sabía tan bien como Jack que aquel niño inocente y simplón que soñaba con ser el segundo Sherlock Holmes se había acabado convirtiendo en una copia barata y algo absurda del profesor James Moriarty.

—Ten cuidado… —le dijo, antes de colgar.

Pero él le colgó sin decir una palabra.

Con lágrimas en los ojos, Bonnie miró la foto que había junto al teléfono, la última foto que se habían hecho los tres juntos, en aquel bar de Londres, unas semanas antes de que todo cambiara. Bonnie se había puesto su mejor vestido, uno de color cereza con escote en uve, mangas hasta los codos y falda corta de vuelo. Se había rizado su melena castaña tras recordar el primer y único cumplido que Jack le había dedicado en toda su vida: «vaya, pero si pareces una chica», le había dicho. No era el cumplido más romántico del mundo pero era lo más bonito que le había conseguido arrancar en muchos años.

Durante años lo había estado amando en secreto, idealizando a aquél hombre inalcanzable y sediento de casos que lo llevaron al más alto standing de los detectives. Sin embargo, no tenía muy claro en qué punto estaba estancada su relación, pues a pesar de verse casi todos los días parecía que él sólo quería seguir avanzando en su carrera como detective.

Se ahuecó la melena antes de entrar al bar y tras cruzar el umbral buscó las cabezas de sus dos amigos por la sala. Los halló en una de las mesas del fondo, la más oscura, junto al billar. Los saludó con la mano pero éstos no parecían haberla visto de modo que caminó con paso decidido y mostrando aquella amplia sonrisa que la acompañaba desde que tenía memoria por si a alguno de los dos se le ocurría echar un vistazo.

Llegó a los pocos segundos y se sentó junto a Albert.

—¡Felicidades, Jack!

El chico asintió, tan expresivo como de costumbre, y ni corta ni perezosa Bonnie sacó la cámara de fotos del bolso y los hizo juntarse para que la foto saliera mejor.

—Vamos, una foto para recordar este día.

«Clic».

—A ver a ver… —Mientras comprobaba la calidad de la foto observó con el rabillo del ojo un pequeño paquete junto al codo izquierdo de Albert. Guardó la cámara y señaló el paquete.

—Es un móvil. Sólo acepta llamadas entrantes. Y sólo acepta un contacto —explicó, Albert.

—¿Tú? —inquirió Bonnie.

—¡Exacto! —sonrió satisfecho, Albert—. Le daré las pistas a través del móvil.

—¿Ya estáis otra vez con vuestros juegos de detectives? —Apoyo la cabeza sobre los puños.

—No son juegos, son casos muy reales que ponen en práctica sus conocimientos.

—Vamos, Albert, déjalo ya. No puedes pasarte la vida escondiendo objetos o perdiendo mascotas. Un día te pillará la policía y te tocará pagar una gran multa.

—No, eso no pasará… —susurró el chico, algo decepcionado.

 —Pues yo no te he traído nada —confesó Bonnie, cambiando de tema.

—Elemental —«Ya empezamos…», se dijo la chica—. Durante la semana, Albert intentó contactarte varias veces al móvil pero siempre aparecía ocupado o no respondías. Lo llamaste en cuanto viste las llamadas perdidas y le pediste consejo acerca de mi regalo, pero él estaba tan ocupado con su enigma que no supo qué recomendarte.

»Cuando preguntamos por ti a tu secretaria nos contó que estabas de viaje de negocios, cosa que se confirma con los resguardos de tren que asoman por el bolsillo izquierdo de tu chaqueta. Tu pelo aún no se ha secado del todo y tus pestañas todavía dejan la marca del maquillaje bajo las cejas cada vez que pestañeas, de modo que saliste con prisas de casa y te maquillaste en el metro; por ello deduzco que regresaste hoy mismo.

»A juzgar por las tiritas que cubren tus dedos intentaste, seguramente durante el viaje, hacerme un regalo a mano, quizás una bufanda, unos guantes o un gorro para el invierno, pero dada tu pésima habilidad con las manualidades pereciste en el intento. Por no hablar del punto más obvio, claro está, y es que al sacar la cámara fotos del bolso observé que sólo llevas el monedero, el móvil, las llaves y la propia cámara.

»Tu intención es invitarme a cenar, ya que rara vez llevas tanto dinero encima y porque te sientes culpable por no traerme un regalo. Eso o estás pensando en darme un billete de cien. ¿Me equivoco?

Bonnie entrecerró los ojos y lo miró como si intentase hacerlo desaparecer. Chasqueó la lengua, se cruzó de brazos y echó la mirada a un lado, frustrada. Luego se centró en la carta de comida que Albert había abierto ya.

—Y bien, ¿qué vas a pedir? —preguntó, algo malhumorada.

—A ti.

«Hamburguesa» fue lo que sus ojos releyeron una y otra vez antes de levantar la mirada para así ahogarse en el gris de los ojos de Jack. Por el rabillo del ojo vio que Albert sostenía en el aire su vaso de coca-cola, inmóvil como una estatua; estaba segura de que ni siquiera seguía respirando; y tampoco ella.

—Sé que soy capaz de resolver cualquier caso que se me ponga por delante, pero no sé si soy capaz de mantener una relación estable. Tengo curiosidad por descubrir cuan asombrosa es mi mente y de qué modo puede llegar a organizarse.

¿Aquello era una declaración? No. No podía llamarlo declaración. Declaración de intenciones fue lo que trajo consigo Albert cuando, tras levantarse en silencio y dirigirse al baño, regresó con una mirada torva y sombría. Su juego había empezado, y era algo que por primera vez Jack desconocía.

MonikBlanchett.

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